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Maldito enero - cuento

Este día no es como cualquiera de los que había vivido. Hoy todo parece más lento, como si la vida hubiese decidido darme tiempo, tiempo para pensar, para entender. Hoy mis ganas de levantarme de la cama son nulas, y es que solo hasta ayer todavía podía sentirte, itinerante dentro de mí. A pesar de esto, decido levantarme. Me doy una ducha larga, tratando de que el correr del agua arrastre consigo mis penas. Me niego a creer todo lo que está pasando, cuantas situaciones en unas pocas semanas, que me matan de forma lenta en este momento.


Salgo hacia el parque Simón Bolívar. Caminar siempre ayuda a despejar los pensamientos. Logro detallar cómo la vida continua como si nada para todos, mientras para mí no tiene sentido. Pienso en lo que duele estar aquí, desde siempre, pero ahora como nunca. Tanto que te cansas, que toda la mierda que has tenido que lidiar desde pequeña se viene al presente mismo y ya no quieres ser más la fuerte, la resiliente, solo quieres dormir y no continuar. Pero esos son lujos que pocos se pueden dar. A mí, me tocó seguir con mis sueños rotos y mi fe al fin terminada, porque Dios se olvidó de mi existencia hace años y por eso mismo, me olvidé yo de él hace más.


Veo el correr andante de los niños jugando con sus papás, de las niñas atrapando los balones, saltando o andando en sus bicicletas. El retrato de familia típica capitalina, donde todos se ven asquerosamente felices, mientras yo me siento cada día más sola. Ya no quiero vivir, pero esto de ser una persona funcional me obliga a continuar, por los que están, pero no por mí.


Me digo en voz alta que no quiero que tomen esto como un pedido de ayuda, no lo es. No necesito de la lástima de nadie, con la mía propia me basta y sobra. No pienso estar mal todo el tiempo, o al menos no de la manera en la que lo estoy ahora. Así que estaré bien, como siempre me repito cuando ya no doy para más “yo siempre estoy bien”. Porque, ¿Quién puede estar mal después de un aborto?


Recuerdo con claridad esa mañana. El estómago no dejaba de hacerme una mala jugada. Dolía como si la noche anterior hubiese comido frijoles con changua. Era un desastre. Mi boca estaba por completo seca, mis manos tan pálidas que casi creía que podía ver de un lado a otro a través de ellas. Temblaba como si estuviera a menos cinco grados en camiseta sin mangas, short y chancletas. Por mi cabeza pasaban cientos de imágenes de lo que podría llegar a ser si tomaba otra decisión. Si solo salía corriendo de ahí y me negaba a acceder. Pero también me mostraba el tráiler de mi vida si me quedaba.


No podía dejar de mirar a todas partes, intentando descifrar las motivaciones que habían llevado a los otros a ese aterrador lugar. De un lado a otro veía personas caminando, entrando y saliendo, firmando papeles. Ingresaban las personas a aquel cuarto, pero no las veía salir, y cada vez que hacían un llamado, mi corazón se aceleraba. Sentía morir cada vez que eso pasaba. Sabía que, al entrar allí, nada iba a volver a ser igual. La carnicería habría empezado.


Me retumba en la cabeza la imagen de las pastillas, de mi mano canalizada, de la sangre corriendo entre mis piernas, mientras entendía que ya no te vería crecer. Mientras en el quirófano lloraba en silencio, pensando en cómo habrías sido. Cómo habrían sido tus ojos, tu sonrisa, tu cabello. Si te parecerías a mí o a tu papá.


Cada tanto, las lágrimas se me escapan en la añoranza de tu presencia. Ya serían seis meses, me digo. Ya casi te vería. Pero en contra de eso, vivo los días así, con la mente en todas partes menos en el presente. Con las lágrimas ocultas y una falsa sonrisa. Porque en estos casos, no tenemos derecho a sufrir. Tú te lo buscaste, dicen.


Vuelvo a casa, tratando de que cada paso, cada lágrima y cada pensamiento me acerque más a la resignación que tanto necesito. Al final, fue la mejor decisión, aunque duela. No me habría perdonado traerla a sufrir a este mundo, hecho un caos. A lidiar con mi depresión y mi ansiedad. Con mis miedos y mi inestabilidad. Además, me comprometí a sacar la mejor versión de mí y lo voy a cumplir por ella y su sacrificio. Porque me habría encantado tenerla en mis brazos, pero sé que tomé la mejor decisión. Y aunque aún duele, el dolor pasará y sé que ella entendió. Entendió que la amé desde el primer momento en que me enteré de que estaba aquí. Y que la voy a amar por siempre. Y aunque no esté, es la ilusión más bonita que he tenido en mucho tiempo. Y por eso, voy a sacar esta vida de mierda que tengo adelante. Porque el sacrificio no puede ser en vano.


Después de comer algo, me acuesto en la cama tratando de conciliar el sueño. La verdad, sin mucho éxito. El vacío en el estómago me hace retorcerme. La culpa con la que lidio se mezcla con la certeza de haber hecho lo mejor. Y con las ganas de que todo sea un sueño. Solo espero dormir. Al menos dormida, el dolor desaparece. Y quizá más pronto que tarde, pueda despertar otra vez sintiéndome plena. Aunque, siendo sincera, no creo que eso vuelva a ser posible. Hay penas que nunca pasan, y esta es una de ellas.


 
 
 

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@ZamiRodríguez 2023

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